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La guerra es un espejo
#1
Llega esta semana a las librerías "Montoneros o la ballena blanca", una novela de Federico Lorenz que mira hacia el principio de la dictadura desde los últimos combates de Malvinas.


[Imagen: malvinas4.jpg]

Junio de 1982. Goose Green, Falkland. Se dice que los argentinos, cuando las cosas les fueron favorables, han matado a algunos ingleses que portaban bandera blanca. Eso fue hace tiempo. Ahora están perdiendo. Ahora que los ingleses parecen ganar definitivamente, se dice que los británicos han utilizado prisioneros argentinos para desactivar minas, y que varios han muerto por ello.

“Tal vez eso sea, al fin y al cabo, la guerra. Pero, por las dudas, los ingleses han optado por lo políticamente correcto. Así que, en una barraca originalmente destinada a la esquila de la oveja, los prisioneros argentinos no hacen otra cosa que cantar las dos versiones de la marcha peronista. Los argentinos suelen hacer esas cosas: encontrar motivos, en las más adversas circunstancias, para enfrentarse entre ellos. Así que unos cantan la marcha peronista histórica y otros, su versión montonera”.

Así comienza Montoneros o la ballena blanca (Tusquets, 2012), la primera y desafiante novela del historiador Federico Lorenz, que parte de la más cruda realidad y culmina en un cuadro tan dramático como delirante pero perfectamente verosímil.

De la historia a la metáfora. Lorenz, hay que decirlo, está obsesionado con Malvinas; entre 2006 y 2009, como historiador, dio a conocer cuatro libros que apuntaron a cuestiones historiográficas ( Las guerras por Malvinas ), visuales ( Cruces. Idas y vueltas de Malvinas ), al lugar del historiador ( Fantasmas de Malvinas ) y a su capacidad para dirigirse a un público no especializado ( Malvinas. Una guerra argentina ).

A propósito de este último libro, al ser entrevistado por quien firma estas líneas, manifestó que su principal objetivo al escribirlo fue “inscribir la guerra en el contexto más complejo de la dictadura, señalar los íntimos lazos entre una y otra”. (Véase “Malvinas. Ni hito sagrado ni hecho absurdo”, suplemento Temas del 1° de noviembre de 2009.)
Probablemente por eso puede decirse que la novela comienza donde terminaba aquel libro, porque forma parte de la verdad histórica que “muchos de los que marcharon a Malvinas eran cuadros de la represión ilegal” y que Montoneros, en una solicitada, ofreció una tregua y unir ambos ejércitos para pelear contra los ingleses.

La novela, entonces, trabaja sobre aquellos años de una manera muy particular: desde Malvinas mira hacia 1976, y recorta el movimiento de sus personajes contra un archivo de documentos políticos y militares que resignifica las acciones de los protagonistas. Si construir una ficción es imaginar historias o mundos posibles –historias, digamos, que no sucedieron pero que podrían haber ocurrido–, cuando se basa en una serie de datos que provienen de la realidad, la verdad metafórica que encierra es una forma de entender y valorar esa realidad que la hizo posible.
En un plano, la novela registra las discusiones que atraviesan al Comando “Héroes de la resistencia”, que integra la columna norte de Montoneros, porque cada uno de sus integrantes sabe, por su propia experiencia, que los documentos emitidos por la conducción de la “orga” niegan la realidad. Si los documentos proclaman que, tras el golpe, ha llegado la hora de “desgastar al enemigo masificando la resistencia organizada”, porque “el tiempo juega a nuestro favor” ya que “el pueblo empieza a mostrar sus garras”, los combatientes saben que, desde la época de la Triple A, la gente se asustó y los abandonó; de hecho, “teníamos que dormir en los baldíos porque nadie nos abría una puerta ni a palos”.

En el otro plano, sucede algo similar. Las Fuerzas Armadas, en Malvinas, bajan a los soldados un discurso tan pobre y maniqueo que no soporta el menor análisis: “nosotros” somos los buenos y “ellos”, los malos; “nosotros” sabemos que peleamos contra la dependencia colonial, mientras que “ellos” no saben por qué pelean y lo hacen, en realidad, por el dinero que reciben, ya que al fin y al cabo son soldados profesionales.

1982/1976. Entre ambos planos, la novela despliega simbólicamente un amplio abanico de comparaciones (a veces explícitas, a veces implícitas). Sin contar en detalle el desarrollo de la acción novelada, se pueden marcar las siguientes:
- A la megalomanía de ambas conducciones (si se quiere nombres propios, representadas por Firmenich y Galtieri), se contrapone el heroísmo y hasta el martirologio de los militantes y combatientes montoneros y los soldados de Malvinas.

-El mismo “pensamiento mágico” que lleva a Montoneros a imaginar que, supongamos, una “opereta” en el mercado de Tigre o pegar obleas en los ómnibus son acciones que sensibilizarán a la población y la sumarán a la lucha contra la dictadura, está presente en el razonamiento militar que ve el desembarco en Malvinas como un “incidente” que forzará a los británicos a negociar la devolución de las Islas.

-Por la suma de las dos comparaciones anteriores se arriba a un único resultado: los montoneros que participan en esas ingenuas acciones de propaganda son presas fáciles para las patotas de la represión, y sus caídas ponen en riesgo a todos sus contactos; los soldados inmovilizados en las trincheras malvinenses son fácilmente ubicables para las tecnologizadas fuerzas británicas, y detrás de ellos las Fuerzas Armadas argentinas no tienen más nada.
-La desmoralización y agotamiento psicofísico que padecieron los soldados en Malvinas es semejante al que produjo la clandestinidad en las filas montoneras.

-El cambiante humor social también permite una comparación, aun cuando en este caso el segundo momento histórico no aparezca en la novela (ya que la narración termina donde empieza, en junio de 1982, en Malvinas).
El apoyo popular, si se quiere tácito, que tuvo la dictadura en sus primeros años es innegable. El narrador y militante montonero, cuando nos cuenta cómo sobrevivió en aquellos tiempos, recuerda su época como taxista: “Los pasajeros que yo llevaba estaban satisfechos porque con el golpe nos habían empezado a reventar. Y era raro, porque al mismo tiempo que escuchaba, parecía que sólo la ‘guerrilla’ era la que mataba. Nosotros éramos los asesinos”. Recuérdese que al principio de la dictadura nadie quería creer que los militares también estuvieran asesinando gente. Tan cierto como que, al final de la dictadura, los únicos asesinos que registraba el discurso social eran las patotas militares y sus jefes.

-La novela se anima a plantear, ahora sí, en dos tiempos, el cambiante humor social frente a las acciones armadas de Montoneros. Por un lado, el ajusticiamiento del gerente de una fábrica metalúrgica, acusado de entregarle las fichas del personal a la Triple A. Confiesa el narrador: “Yo fui el encargado de ajusticiar a ese gerente.
Entramos en la planta, controlamos a la seguridad, que no trató de detenernos, y nos fuimos derecho a las oficinas. Leímos en voz alta la sentencia, mientras el tipo temblaba. Traté de no mirarlo, pero no dejaba de clavarme los ojos, su mirada de conejo asustado frente al fusil del cazador.

Todavía veo cómo se desenfocaron cuando sonó el disparo, la sensación del cuerpo golpeando contra el suelo como si en realidad lo hiciera dentro de mi cabeza. Pensé tiene hijos, tiene mujer, es un hombre, seguro, pero sé que pensé los compañeros también tienen familias es el enemigo es el representante de la explotación nos matan en las calles donde nos encuentran es lo que tenemos que hacer. Cuando salimos de las oficinas, en el playón de la fábrica, en las terrazas, asomados a las ventanas de la línea de montaje, muchísimos obreros de azul y casco amarillo nos aplaudieron”.

Por el otro, y ya en Malvinas, se torna imposible defenderse en una discusión cuando, a la opinión de que los guerrilleros “tenían huevos”, la replica un artillero que recuerda el copamiento del Regimiento de Monte de Formosa (el 5 de octubre de 1975, el primer ataque a un destacamento militar perpetrado por Montoneros): “Mi hermano estaba haciendo la colimba ahí, y lo reventaron con una granada.

Mi hermano era igual a mí, tarado. Tomátelas de acá, andá, porque si no te degüellan los gurkas te voy a matar yo. Andá a decirle a mi vieja tu versito. El día que atacaron, mi hermano estaba en el cuartel porque no tenía plata para el colectivo, hijo de puta. De qué revolución me hablás. Los que mataron a mi hermano seguro que eran iguales a vos. Mucha labia, seguro. Pero no le dieron ni tiempo de defenderse”.

Un extraño espejo. En 1851, se publicó por primera vez Moby Dick o la ballena blanca , escrita por el estadounidense Herman Melville. Moby Dick es la increíble ballena que le ha arrancado una pierna al capitán Ahab, de modo que este la persigue durante años para vengarse.

Lorenz no sólo construye el título de su novela reescribiendo el de Melville. Su narrador también se llama Ismael. Y coloca como epígrafe el primer párrafo del capítulo 40 de Moby Dick; capítulo donde conocemos que Ahab “veía a la ballena nadando ante sí como la representación monomaníaca de todas aquellas potencias maléficas que algunas personas sienten, como consumiéndoles el corazón y los órganos (…) Cuanto enloquece y tortura, todo lo impalpablemente diabólico de la vida y el pensamiento, todo lo malo, en una palabra, se encarnaba para el insensato Ahab en Moby Dick”.

Eso no quiere decir que, desde la perspectiva de Lorenz, Montoneros represente al mal, sino que hay saber observar quién es el nuevo capitán que persigue a esta nueva ballena.

Según Jaime Rest, uno de los grandes maestros que tuvo la crítica literaria argentina contemporánea, la novela de Melville nos presenta “una búsqueda que conduce inevitablemente hacia una suerte de formulación mítica, en virtud de que no es posible ofrecer una conveniente solución lógica”; por lo tanto, estamos frente a “dos antagonistas que persisten hasta el desenlace como fuerzas absolutas e irreconciliables”.

En esta metáfora con forma de novela, entonces, Malvinas, como guerra, es un extraño espejo donde, al mirarnos, vemos la triste imagen de esa otra guerra librada poco antes, no del todo asumida como tal y curiosamente catalogada como “sucia”, donde se definieron las identidades de los dos contendientes a través de ideologías y prácticas que no pueden abandonar porque renunciar a ellas equivale a desprenderse de aquello que hace a cada quien lo que es y (cuidado) lo opuesto al otro: Ahab no es Moby Dick, pero su identidad se define tanto en esa confrontación como en el resultado del enfrentamiento. Iluminadas por la luz de su propia historia, nuestras fuerzas armadas sólo pueden proyectar sobre el suelo de las Malvinas la sombra macabra de la muerte.

Montoneros o la ballena blanca, de Federico Lorenz (Tusquets, 2012)
El historiador escribe su primera y desafiante novela, que parte de una realidad cruda y culmina en un cuadro tan dramático como verosímil.
Malvinas parece ser una obsesión para el autor del trabajo.
#2
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