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Otro episodio de la historia de egipto
#1
HISTORIA DEL ANTIGUO EGIPTO





Egipto es, sin duda, uno de los países más atrayentes de África por haber albergado en su seno una de las más brillantes civilizaciones de todos los tiempos.
Su particular posición geográfica también ha influido para que el paso de otras civilizaciones y culturas, como la helénica, la romana, la cristiana y, especialmente, el Islam en varias de sus formas, hayan dejado un rastro visible no sólo en los magníficos edificios que aún continúan en pie.

En la presente entrada se plantea a grandes rasgos la evolución histórica de unas tierras cuya importancia económica en el Mediterráneo las han hecho deseables para todas y cada una de las grandes civilizaciones que han dominado dicho espacio geográfico; la tierra de las pirámides, la tierra del Nilo, el granero del imperio romano, el paso más próximo de Europa hacia Oriente ha formado un país cuyos logros son tan impresionantes que incluso los tiempos contemporáneos han de plegarse, en obligado reconocimiento, a la historia de sus habitantes y sus esfuerzos por superar constantemente las peculiaridades geográficas del país.





Egipto prehistórico (15000-3000 a.C.)

El principal problema para el establecimiento de hipótesis científicas acerca del período prehistórico de Egipto es la falta de yacimientos.

Paradójicamente, sólo se han excavado las necrópolis en el Alto Egipto, aunque los resultados han logrado estratificar varias culturas, denominadas cultura de El Fayum, cultura Amratiense, cultura Badariense y cultura Guerzeense que se pueden asemejar, cronológicamente y con las debidas reservas, al clásico período solutrense de la prehistoria general.

Esto ofrece la posibilidad de cifrar el momento en el que los fértiles valles del Nilo fueron habitados por los antepasados biológicos del hombre aproximadamente en el año 15000 a.C.

Por otra parte, también existen problemas entre quienes se muestran partidarios de observar una migración en masa de población no autóctona para explicar los hallazgos cerámicos y de utensilios en los yacimientos.

Supuestamente, parte de la población que habitaba en el Creciente Fértil (Mesopotamia), cruzó el río Jordán y la península del Sinaí para establecerse en Egipto hacia esa fecha.

Sin embargo, las actuales líneas de investigación se muestran más partidarios de:

"concentrar la atención en la continuidad de desarrollo de la cultura egipcia ante la ausencia de una clara ruptura en la documentación arqueológica".

Ello significa que, descartando la irrupción de población no originaria de Egipto, puede que los habitantes prehistóricos de Egipto fuesen autóctonos, aunque la hipótesis está pendiente de la lógica certificación científica en forma de hallazgo arqueológico.

Pese a todo, la hipótesis puede ser viable debido a la correspondencia entre las cerámicas y el estudio geológico de las terrazas del Nilo, la principal fuente de datación para la prehistoria egipcia.

Durante el período paleolítico (6000-5000 a.C.) el clima de Egipto sufrió una brusca variación térmica, que provocó el paso a una aridez que destruyó los incipientes cultivos de las masas de población y, en consecuencia, los poblados pasaron a construirse no en la llanura aluvial, sino en el propio valle, donde se constituirían los primeros asentamientos urbanos.

La primera cultura sedentaria y pre-agrícola datada en Egipto es la cultura de Jartum (4500-4000 a.C.), durante el período mesolítico .

Algo posterior es la llegada, desde el norte, de población de origen camita y semita, eminentes agricultores que aprovecharon las excelentes crecidas del Nilo pero que, sin embargo, tuvieron un ingenio espectacular:

la invención del alfabeto jeroglífico, acontecimiento ocurrido alrededor del tercer milenio antes de Cristo y que, como tal, da por finalizada en la división historiográfica el período.

Los habitantes prehistóricos de Egipto se agrupaban en pequeños asentamientos urbanos alrededor del valle del Nilo llamados momos o nomos, que solían estar protegidos por empalizadas de madera dado que los enfrentamientos entre ellos eran constantes.





La civilización faraónica (3000-525 a.C.)
Las luchas entre los distintos nomos acabaron por delimitar dos reinos: el Bajo Egipto, en el norte, cuyas principales ciudades estaban asentadas en el delta del Nilo, y el Alto Egipto, al sur del primero.

Realmente, la cualidad más esencial para distinguir un territorio del otro eran las creencias: mientras que en el Bajo Egipto el culto a la tríada egipcia clásica (Isis , Osiris y Horus ) estaba ya fuertemente asentada, en el Alto Egipto el dios más adorado era Set.

Antes de continuar, es preciso indicar que la prosperidad del Imperio Egipcio se basó casi en exclusiva en la capacidad desarrollada por sus habitantes para aprovechar las crecidas del río Nilo en su beneficio económico; tal cuestión, por ejemplo, fue la que utilizó Arnold Toynbee para emitir su teoría de que las civilizaciones se basan en el binomio reto-respuesta.

En este sentido, el reto de la civilización egipcia tuvo una respuesta tan satisfactoria que se extendió durante más de tres milenios.





Dinastías tinitas pre-imperiales (3000-2270 a.C.)
El primer período se suele denominar en la historiografía como pre-imperial debido a que los dirigentes no fueron faraones de ambos reinos unificados hasta el final del marco cronológico.

Sin embargo, las dinastías I y II, llamadas tinitas por proceder de la ciudad de Tinis (Alto Egipto), ostentaron la hegemonía en el gobierno durante más de setecientos años.

Su monarca más representativo fue Menes , que se autotitulaba príncipe del Alto Egipto y que logró, hacia el 2200 a.C., unificar ambos reinos en su mano.

Aunque las fuentes para este período son escasas, se suele atribuir también a Menes la fundación de la primera gran ciudad del Imperio: Menfis, sobre el delta del Nilo, así como la construcción de varios diques y empalizadas para el desarrollo de la actividad agrícola.

Las tumbas de las dos primeras dinastías se encuentran en la necrópolis de Ábido, cuyos restos son prácticamente las únicas fuentes para el estudio de las dinastías tinitas, además de las inscripciones halladas en el primer gran templo menfita, dedicado al dios Ptah y construido por el propio Menes.

La organización política de las dinastías tinitas es, asimismo, poco conocida, aunque las hipótesis más actuales plantean que los diferentes nomos egipcios acabaron derivando en los reinos del Alto Egipto, cuyos faraones portaban la corona blanca, y del Bajo Egipto, representado por la corona roja.

Por ello, quizá la aportación más importante para este período, al menos la que perduraría en el futuro, fue que: "los faraones egipcios reclamaron el status de dioses.

A través de sus nombres de Horus [...] afirmaron ser la encarnación terrenal de esa divinidad".

Cuando Menes logró ceñirse el pchent, la corona del Egipto unificado, el proceso de deificación de la autoridad faraónica había finalizado, pero no se dispone actualmente de ningún dato que nos ofrezca una secuencia cronológica fiable.

Por último, la alianza entre la aristocracia dirigente y los sacerdotes de los distintos cultos comenzó a fundamentar el futuro estado imperial y centralista que gobernaría Egipto durante tres milenios.





El Imperio antiguo (2270-2200 a.C.)
En la división del Imperio por dinastías, el imperio antiguo abarca desde la III hasta la X.

El rasgo principal fue el traslado de la capital desde Tinis a Menfis, inaugurando de esta forma el Egipto imperial.

El dominio de la institución faraónica fue absoluto durante este período, que conoció a varios de los más grandes faraones imperiales.

El primero de ello fue Zoser, de la III dinastía, que trasladó la frontera del imperio hasta los límites de Nubia (actual Etiopía) y que construyó su sepultura en la famosa necrópolis de Sakkarah.

Con todo, los más conocidos faraones fueron Keops , Kefrén y Micerino (IV dinastía), que conquistaron la península del Sinaí y sometieron a toda Nubia a la obediencia del faraón.

Como colofón, la construcción de las pirámides homónimas y la Esfinge, en la necrópolis de Gizeh , les encumbró hasta límites históricos insospechados.

El faraón Userkaf, de la V dinastía, unificó todos los cultos de Egipto e impuso el que habría de ser el principal de ellos: el dios Ra, la divinidad solar. Las megaconstrucciones de los faraones anteriores fueron obviadas en la V y la VI dinastía, pues sus monarcas prefirieron unas sepulturas más modestas pero importantísimas para el estudio de la historia de Egipto, ya que cada una de ellas se encuentra decorada con textos religiosos, literarios y filosóficos del Imperio, así como los acontecimientos más destacados.

Casi todas ellas se encuentran en la necrópolis de Sakkarah.

Hacia el año 2200 a.C., los príncipes de Heracleópolis consiguieron la hegemonía sobre el resto de las dinastías, y los miembros de la VII y VIII gobernaron con autoridad gracias a la decadencia interna de Menfis.

Un poco más tarde, en el año 2170 a.C., la propia capital fue trasladada a la ciudad de origen de sus soberanos, durante las dinastías IX y X. El período se caracterizó por la inestabilidad interior y las constantes disputas por el trono.





El imperio medio (2160-1580 a.C.)
Este período también ha recibido el nombre de Imperio Tebano debido a que la capital y la ciudad más importante fue Tebas, y comprende a los faraones de las dinastías XI-XVII.

El culto tebano clásico, el del dios Amón , se convirtió también en hegemónico en todo Egipto.

Los faraones más notables fueron los de la XII dinastía, que crearon las bases sociales necesarias para extender la influencia egipcia a todo el mundo oriental.

La ciudad de Tebas era un importantísimo emporio comercial dominado por capas sociales de grandes mercaderes y comerciantes, quienes prestaron todo su apoyo el gobierno de los faraones, tanto político como, y principalmente, económico.

Así, el faraón Amenemhat I (2000-1970 a.C.) fue el primero en consolidar el nuevo culto tras la construcción del templo de Amón en Tebas.

Otros faraones importantes fueron Senusret I (1970-1936 a.C.), Senusret III (1887-1850) y Amenemhat III (1850-1800 a.C.), de los cuales ya hablaba Heródoto de Halicarnaso como los gobernantes de un imperio floreciente que se extendía desde el delta del Nilo hasta Nubia.

Tras la muerte de Amenemhat III, el poder absoluto de los faraones tebanos se debilitó progresivamente, facilitando la entrada de los reyes hicsos, gobernantes que regían ciertas tribus de pastores del sur de Egipto.

La invasión de los hicsos estuvo acompañada también de grandes contingentes de población asiria y semita, atraídos por la riqueza y el esplendor tebano.

Los hicsos establecieron su capital en Avaris (posteriormente llamada Tanis) y gobernaban en nombre de los faraones, dos en este caso, pues la caída de la hegemonía de Tebas volvió a dividir el imperio en Alto y en Bajo.

La población egipcia miraba con resquemor la intervención en el gobierno de los invasores, con lo que, bajo la XVII dinastía, comenzó la expulsión de los hicsos y demás extranjeros.





El imperio nuevo (1580-1085 a.C.)
Comprendido entre las dinastías XVIII y XX, se trata de un período muy conocido y sobre el que existe mucha información, pues la ciudad de Tebas volvió a recuperar el esplendor perdido como centro gobernante de un imperio teocrático y centralizado hasta límites inigualables.
La expansión territorial egipcia fue enorme, aprovechándose de la debilidad del imperio asirio y de la luchas internas de Palestina.

El gran triunfador de la dinastía XVIII fue Ahmés I (1580-1557 a.C.), quien logró acabar con el poder de los hicsos expulsándoles de Avaris y obligándoles a huir hacia el Sinaí.

Posteriormente, Amenofis I (o Amenhotep) (1558-1530 a.C.) y Tutmosis I (o Tutmés) (1530-1515 a.C.) continuaron la expansión hacia el noroeste, llegando en varias campañas hasta los ríos Jordán y Éufrates, respectivamente. Con todo, la hija de Tutmosis I, la faraona Hatshepsut (1505-1483 a.C.), fue la figura más destacada en la consolidación del centralismo tebano, pues gobernó de facto el imperio nuevo tanto durante el reinado de su marido Tutmosis II (1515-1505 a.C.) como en el gobierno de su sobrino Tutmosis III (1483-1450 a.C.) durante la minoría de edad de éste.

Durante estos años, las campañas hacia el sur llegaron hasta la actual Somalia, mientras que se consiguió firmar una tregua con los sumerios del Éufrates.

La construcción de templos dedicados al dios Amón continuó siendo una de las máximas de los faraones tebanos, destaca en este sentido la edificación del mausoleo de Luxor en Karnak (Menfis), obra de Tutmosis III.

También fue éste el encargado de proscribir la figura de Hatshepsut, pues la consideró enemiga del imperio a su muerte por varias de las decisiones que había tomado cuando él era menor de edad. Una época de cierta recesión en la expansión territorial se vivió bajo el gobierno de su hijo, Amenofis II (1450-1405 a.C.), aunque el arte funerario egipcio vivió, por contra, su período de máximo apogeo.

De hecho, Amenofis II comenzó la construcción de la famosa necrópolis del Valle de los Reyes, con las tumbas denominadas hipogeos como máxima expresión artística.

Durante el gobierno de su hijo, Amenofis III (1405-1370 a.C.), las tropas del faraón fueron derrotadas por el imperio hitita en Siria, el primer gran revés de la expansión egipcia por Oriente.

Con ello se dio paso a un período de inestabilidad, agravado por el hecho de que los sumos sacerdotes del dios Amón acaparaban gran parte de los cargos públicos y políticos, lo que restaba poder al emperador en beneficio de la clase sacerdotal egipcia.





La revolución amarniense
Los historiadores han llamado, un tanto maliciosamente, revolución amarniense a los proyectos de reforma efectuados por el sucesor de Amenofis III, su hijo Akhenatón (Amenofis IV) (1370-1350 a.C.), en un intento de recuperar el poder para los faraones en detrimento de los todopoderosos sacerdotes de Amón.

Sus primeras medidas fueron totalmente novedosas:

sustituyó el culto de Amón por el de Atón (el disco solar), como medio de acabar con los sacerdotes del primero, y trasladó la capital del imperio al interior, a la ciudad de Tell El-Amarna, lejos de los vicios de la corte tebana. El propio faraón se declaró único sumo sacerdote de Egipto y cambió su nombre por el de Akenaton (´Horizonte Solar´).

Estos acontecimientos, sin precedentes en el imperio, supusieron la vuelta del estado centralista a sus inicios, acercando más al pueblo a sus soberanos y logrando un gran apoyo popular.

Sin embargo, su hermano y yerno Tutankaton (que tras el triunfo de su acción cambió su nombre por Tutankamon), famoso por su sepultura intacta hallada en el Valle de los Reyes, traicionó al faraón y regresó de nuevo a Tebas y al culto de Amón, ayudado por los desprestigiados sacerdotes.

En cualquier caso, la reforma amarniense no logró los objetivos deseados y la situación de inestabilidad continuó hasta el fin de los días de Tutankamon.





Las luchas contra palestinos e hititas
Inmediatamente después del triunfo de Tutankamon, Palestina se sublevó contra Egipto y para evitar la sedición tuvo que ser necesaria la intervención del general Homenheb, casado con una hija de Akenatón y que llegó, como consecuencia de su prestigio, a ser faraón a la muerte de Tutankamon.

El hijo del general, Seti I (1318-1312 a.C.) fue uno de los más destacados faraones del imperio, pues logró contener la alianza entre hititas y palestinos en contra del poder tebano y, en un acto de absoluto dominio, logró que las provincias sirias le pagasen un elevado tributo.

Durante el gobierno de Ramsés II (1312-1233 a.C.) y de su hijo Meneptah (1233-1223 a.C.) tuvo lugar la famosa diáspora bíblica de los judíos, que huyeron de Egipto tras ser expulsados en diferentes oleadas.

A pesar de ello, los lazos económicos con Palestina eran importantísimos para el sustento del comercio exterior, por lo que se les permitió establecerse en dicho territorio donde ya se concentraba la mayor parte de la población semita del imperio.

El propio Meneptah tuvo que luchar de nuevo contra los hititas y les venció en la batalla de Cadés, para pasar posteriormente a luchar contra los pueblos del mar (pobladores indoeuropeos procedentes del Mar Egeo, especialmente libios), que ya habían hecho varias incursiones a las ricas ciudades de la costa mediterránea egipcia. Tras su muerte y durante todo la época de la XX dinastía, las luchas internas y la inestabilidad política fueron una rémora para el imperio, que vio cómo muchos extranjeros, sobre todo jefes militares libios, usurpaban el poder y se convertían en sacerdotes religiosos, lo cual era casi como detentar el poder político.





La decadencia imperial bajo los saítas (1085-525 a.C.)
Hacia el año 1090 a.C., se produjo una escisión en el imperio:

El legítimo soberano, Esmerdes, estableció un gobierno en Tanis, mientras que el sumo sacerdote de Amón, Heribor, quedó en Tebas como gobernante del imperio.

Este acontecimiento marcó la decadencia del imperio, además de mostrar los gravísimos problemas existentes entre las dinastías dirigente y el cada vez más creciente poder de la clase sacerdotal.

Paralelamente a estos sucesos, las sagas de militares libios continuaban creciendo tanto como su influencia en la política, especialmente exterior, gracias a su reputada fama militar.

Uno de ellos, Chechong, inauguró la XII dinastía haciéndose con el poder tras una brillante campaña en Palestina que acabó con el saqueo de Jerusalén (950 a.C.).

Desde este momento, Egipto se dividió en pequeños principados independientes que no pudieron evitar que la cada vez mayor presión fronteriza del imperio asirio acabase por absorber, bien fuese como tributarios o bien fuese totalmente, a muchos de ellos.

En el año 663 a.C. los príncipes de Sais, cuyo primer representante fue Nequés I (o Necao) (663-609 a.C.), volvieron a retomar el control del imperio, por lo que a los miembros de la XXVI dinastía se les conoce también como príncipes saítas.

Pese a ello, la desconfianza ante los nuevos gobernantes fue cada vez más acusada:

no en vano, su principal arma, el ejército, estaba formado por mercenarios procedentes de Grecia, con lo que la inmigración de estos aumentó considerablemente.

Un faraón saíta, Psamético I, acabó con la dominación asiria del sur y expulsó a todos los sacerdotes y militares libios de Egipto; sin embargo, como quiera que los extranjeros fueron sustituidos por otros, los problemas de convivencia internos continuaron, sobre todo en la frontera oeste, donde el cada vez más asentado reino independiente de Judá amenazaba con despegarse de la decadencia egipcia. No obstante, Nequés II (609-594 a.C.) logró recuperar gran parte del territorio sirio y palestino, pese a lo cual no pudo evitar la pérdida de casi la totalidad de Palestina al ser derrotado por Nabucodonosor II , soberano caldeo, en la batalla de Karkemish, convirtiendo a las gentes del Tigris en las dueñas de Siria y Palestina.

Por si fuese poco, el más hegemónico poder oriental de la época, el Imperio Persa, ya había participado en varias sublevaciones de palestinos y controlaba, de facto, todas las tierras al Este del río Jordán.

Los últimos faraones egipcios, Psamético II (594-568 a.C.) y Ahmés II (568-526 a.C.) intentaron en vano recuperar el prestigio perdido.

Finalmente, en el año 525, el soberano persa Cambises II derrocó y asesinó a Psamético III (568-525 a.C.), incorporando Egipto como una satrapía más de su imperio y acabando con el imperio egipcio clásico.


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